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Ámbito Clínico: área adultos
ANSIEDAD
La ansiedad y la preocupación excesivas (expectación aprensiva) que se
observan durante un período elevado de tiempo que se centran en una amplia gama
de acontecimientos y situaciones. El individuo tiene dificultades para controlar
este estado de constante preocupación. La ansiedad y la preocupación se
acompañan de otros síntomas: inquietud, fatiga precoz, dificultades para
concentrarse, irritabilidad, tensión muscular y trastornos del sueño.
Fuente DSM.IV.TR.
DEPRESIÓN
La depresión es un estado de abatimiento e infelicidad que puede ser
transitorio o permanente.
También es un síndrome o conjunto de síntomas que
afectan principalmente a la esfera afectiva: la tristeza patológica, el
decaimiento, la irritabilidad o un trastorno del humor que puede disminuir el
rendimiento en el trabajo o limitar la actividad vital habitual,
independientemente de que su causa sea conocida o desconocida.
La principal manifestación es de la esfera de los emociones también puede
expresarse a través de afecciones de tipo cognitivo, volitivo o incluso
somático. La persona aquejada de depresión puede no vivenciar tristeza, sino
pérdida de interés e incapacidad para disfrutar las actividades lúdicas
habituales, así como una vivencia poco motivadora y más lenta del transcurso del
tiempo.
Las razones son variadas no obstante cabe mencionar aspectos precipitantes
tales como el estrés o lo sentimientos (derivados de una ruptura sentimental, la
pérdida de un ser querido, la contemplación o vivencia de un accidente o
situación de riesgo para la propia vida).
También hay otros orígenes, como una
elaboración inadecuada del duelo (por la muerte de un ser querido) o incluso el
consumo de determinadas sustancias (abuso de alcohol o de otras sustancias
tóxicas) y factores de predisposición como la genética o un condicionamiento
paterno educativo.
La depresión en las mujeres es más frecuente, derivado fundamentalmente
factores de tipo hormonal.
LA TIMIDEZ (FOBIA SOCIAL)
La característica esencial de este trastorno es el miedo persistente y acusado a
situaciones sociales o actuaciones en público por temor a que resulten
embarazosas . La exposición a estos estímulos produce casi invariablemente una
respuesta inmediata de ansiedad . Dicha respuesta puede tomar la forma de una
crisis de angustia situacional o más o menos relacionada con una situación
determinada . Aunque los adolescentes y adultos que padecen el trastorno
reconocen que este temor resulta excesivo o irracional, puede que esto no suceda
en los niños.
En la mayoría de las ocasiones las situaciones sociales o actuaciones en
público acaban convirtiéndose en motivo de evitación, si bien otras veces el
individuo puede soportarlas aunque experimentando sumo terror. El diagnóstico
puede efectuarse sólo en los casos en los que el comportamiento de evitación, el
temor o la ansiedad de anticipación interfieren marcadamente con la rutina
diaria del individuo, sus relaciones laborales y su vida social, o bien genera
un malestar clínicamente significativo.
Cuando el individuo con fobia social se encuentra en las situaciones sociales o
en las actuaciones en público temidas, experimenta una preocupación constante
por la posibilidad de que resulten embarazosas y teme que los demás le vean como
a un individuo ansioso, débil, «loco» o estúpido. Estos individuos pueden tener
miedo de hablar en público porque creen que los demás se darán cuenta de que su
voz o sus manos están temblando, o porque piensan que en cualquier momento les
puede invadir una extrema ansiedad al mantener una conversación por temor a no
poder articular correctamente las palabras. Puede que eviten comer, beber o
escribir en público por miedo a sentirse en apuros cuando los demás comprueben
cómo les tiemblan las manos. Los individuos con fobia social experimentan casi
siempre síntomas de ansiedad (p. ej., palpitaciones, temblores, sudoración,
molestias gastrointestinales, diarrea, tensión muscular, enrojecimiento,
confusión) en las situaciones sociales temidas, y, en los casos más serios,
estos síntomas pueden llegar a cumplir los criterios diagnósticos de una crisis
de angustia . El enrojecimiento es muy típico de la fobia social.
Los adultos con fobia social reconocen que sus temores son excesivos o
irracionales, aunque
esto puede no suceder con los niños. Por ejemplo, en un individuo que elude
comer en público
porque está convencido de que la policía lo estará vigilando y que, por otra
parte, no reconoce que este temor es excesivo e irracional, el diagnóstico
correcto sería trastorno delirante antes que fobia social. Es más, tampoco
deberían diagnosticarse de fobia social aquellos temores que son congruentes con
el contexto del estímulo (p. ej., miedo a ser preguntado en clase por el
profesor cuando no se ha preparado la lección).
De forma característica, el individuo con fobia social evitará las situaciones
temidas. Con menos frecuencia, se obligará a sí mismo a soportar estas
situaciones, aunque a costa de una intensa ansiedad. También puede aparecer una
acusada ansiedad anticipatoria mucho antes de que el individuo deba afrontar la
situación social temida o la actuación en público (p. ej., preocupaciones
diarias durante varias semanas antes de asisitir a un acontecimiento social). A
veces llega a constituirse un ciclo vicioso, formado por ansiedad anticipatoria
que provoca ideas de miedo y síntomas de ansiedad una vez en la situación
temida, lo que produce un rendimiento insatisfactorio real o subjetivo en este
tipo de situaciones, lo cual genera más malos ratos y más ansiedad
anticipatoria, y así sucesivamente.
Para establecer el diagnóstico de fobia
social, los temores o los comportamientos de evitación deben interferir
marcadamente en la actividad laboral o académica del individuo o en sus
relaciones sociales, o generar un malestar clínicamente significativo. Por
ejemplo, una persona que teme hablar en público no será diagnosticada de fobia
social si su trabajo o su actividad escolar no le exigen la pronunciación
habitual de discursos y no se siente especialmente preocupada por este
tema. Los temores a que ciertas situaciones sociales resulten embarazosas son
frecuentes, pero el grado de malestar o el deterioro general que suelen provocar
no son lo suficientemente intensos como para permitir diagnosticar con seguridad
una fobia social. La ansiedad o la evitación transitoria de situaciones sociales
son especialmente frecuentes en la infancia y la adolescencia.
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